
quien encontrara a su paso; sus topetazos eran peligrosos, por lo que los mamarrachos se protegían el pecho y la espalda con trapos viejos, que formaban dos grandes bultos en los que golpeaban los cuernos. Así protegidos, la provocaban para que embistiese; cuando uno era alcanzado y caía al suelo, docenas de mamarrachos se echaban encima de la víctima, formando un confuso montón.
Casi todos los años la vaquilla quedaba destrozada y era necesario hacer una nueva para el siguiente. Si llegaba entera hasta el final de la tarde, desaparecía antes del baile, que se hacía, coma el Domingo, al anochecer y se cerraba con la merienda en los lagares.
De esta manera fueron los carnavales en este lugar ribereño hasta la guerra civil. Después continuaron saliendo los mamarrachos hasta los años sesenta, de manera más o menos clandestina. Luego nada. Hasta hoy, en que algunos nostálgicos lo vuelven a celebrar a su modo, que no tiene nada que ver con el Carnaval
tradicional.
Arturo Martín Criado